The Call of the Wild: Primitivism in Rómulo Gallegos's Canaima and the Romance of the Jungle.
Jorge Marcone
Rutgers, The State University of New Jersey
 

Marcos Vargas, el protagonista de la novela de Gallegos Canaima (1935), lleva a cabo un "retorno" a lo natural y a una vida "primitiva" que no sólo entra en diálogo con otras novelas de la selva y textos de la literatura hispanoamericana sino que esta conversación también puede extenderse a los ecologismos y medioambientalismos contemporáneos, incluyendo las críticas a éstos. Como pocos protagonistas de las novelas de la selva, Marcos Vargas se interna en las selvas de la Guayana venezolana y se deja perder en ella. Lo común es lo contrario: a pesar de que el viaje a las profunidades del bosque es un viaje de auto-descubrimiento, tal vez el principal peligro que tienen que enfrentar los protagonistas es ceder al impulso de permanecer en la selva. Los libros de la selva terminan con el regreso del protagonista a la civilización en donde la narración del viaje les traerá el éxito como escritores.

 

A diferencia de Arturo Cova, el tristemente célebre protagonista de La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera que también se pierde en las selvas de Colombia, Perú y Brasil, Marcos Vargas no se interna en la selva para huir de la justicia ni para intentar rescatar a la mujer amada. De hecho, nuestro protagonista abandona a la mujer amada, Aracelis Vellorini, por internarse en ella justo cuando la justicia lo ha exonerado de cualquier responsabilidad legal en la muerte de Cholo Parima, a quien Marcos Vargas mató en defensa propia (pero también para vengar la muerte de su propio hermano a manos de este villano). A diferencia del protagonista de Los pasos perdidos (1953) de Alejo Carpentier, Marcos Vargas tampoco se interna en la selva para "regenerarse" de su frustración con la vida urbana y de la desilusión de la post-guerra con la civilización occidental. Todo lo contrario, a Marcos Vargas le han sobrado las oportunidades para salir del arrabal de Ciudad Bolívar, a orillas del Orinoco, de donde procede y ascender socialmente: acceso a capital, a oportunidades de negocios y hasta al amor de la hija de uno de los principales empresarios de la región. Más aún, Marcos Vargas deja atrás la oportunidad, y responsabilidad (como lo entendería su mentor Manuel Ladera), de ser el líder y modelo de una modernización de Guayana, capitalista y nacionalista, alternativa a las fuerzas del sub-desarrollo y al caudillismo de los Ardavines de América Latina. Tampoco se interna en la selva para, como los pioneros de los cuentos de Horacio Quiroga, "empezar de nuevo" en la práctica de la agricultura en lugar de las descabelladas aventuras capitalistas e industriales de otros personajes quirogianos. Para Marcos Vargas internarse en la selva significa hacer realidad las fantasías que durante su juventud cultivó en los muelles de Ciudad Bolívar, ciudad de provincia que sirve como puerto entre las industrias extractivas del caucho y el oro, entre otros, y los mercados internacionales. Estas fantasías son la aventura del explorador y de la lucha por la supervivencia, y el conocimiento de los secretos de la sabiduría del indígena.

 

Con la excepción de Saúl Zuratas (Mascarita) de El hablador (1987) de Mario Vargas Llosa, Marcos Vargas es el único protagonista de las principales novelas de la selva hispanoamericanas que ha logrado que los aborígenes le revelen, y él aprender, los secretos de la integración a la naturaleza. Literalmente, Marcos Vargas ha aprendido a ser uno con el bosque, más exactamente a ser uno más de sus árboles. Es capaz tanto de vagar por la selva por semanas, y hasta de correr desnudo por ella en medio de una tormenta abrazado a un pequeño mono aún más asustado que él, como de permanecer quieto por horas a la sombra de un árbol y que los compañeros lo confundan con él. Como Zuratas, además Marcos Vargas se queda a vivir entre los indios. Aunque sin entregarse totalmente a sus prácticas, como sí hace Mascarita quien se convierte el hablador de los machiguenga, Marcos Vargas toma residencia entre la tribu de Ponchopire, incluida una mujer, y hasta fantasea con la posibilidad de ser el mesías que sacará a los indígenas de la explotación y degeneración a las que el hombre "civilizado" los ha sometido. Pero hasta aquí llega cualquier similitud con el primitivismo del ecologismo contemporáneo y empieza, en cambio, el espacio de comparación con las propuestas medioambientalistas del desarrollo sostenible y sus críticas, inclusive.

 

En Canaima la "vuelta" a lo natural y a lo primitivo de Marcos Vargas ocurre en los siguientes contextos. En primer lugar, en el discurso primitivista del narrador omnisciente de la novela. El lugar desde el cual habla el narrador es el del discurso de la civilización y el progreso que, aunque fascinado por los conocimientos y prácticas "primitivos", acepta la necesidad de la superación de éstos. Es, indudablemente, el discurso que perpetúa la universalización de la historia de Occidente y el principio del progreso. Pero, en segundo lugar, a esta posición no sólo le subyace la implícita superioridad de la civilización sino la búsqueda de alternativas a las condiciones mismas de explotación y degeneración en la que viven los indígenas precisamente, argumenta el narrador, porque el proceso de modernización, de desarrollo económico ha quedado inconcluso. Gallegos propone un argumento que es una repetición de lo que antes sugirió Rivera y luego insistirá explícitamente Vargas Llosa: la victimización del indígena no es el producto de la modernidad sino de la ausencia de ella. Canaima empieza narrando una Guayana en estado de barbarización: la modernización ha quedado inconclusa porque los agentes de la "civilización" en la región son incapaces de llevarla a cabo; la barbarie de los pueblos indígenas no radica en su condición primitiva sino, todo lo contrario, en la degeneración de sus propios orígenes, en la transculturación, en el exilio de su propia tierra y las consecuentes transformaciones de su identidad. Los propios indígenas, a pesar de su larga experiencia lidiando con el blanco, son incapaces de imaginar otro futuro que no sea la fantasía mesiánica de la venida de una tribu que conocerá los secretos que dejaron las tribus del pasado, y que ellos desconocen. En estas condiciones, el primitivismo en la novela de la selva nunca llega a constituirse, como en otros primitivismos, en esencia de un sentimiento nacionalista alternativo a los modelos europeos. De todas formas, la batalla de la civilización no es contra el mundo primitivo sino contra la barbarie, el estado de violencia, el Hombre Macho. Y, sin embargo, al final de cuentas no será el primitivismo de Marcos Vargas la principal arma de cambio sino el último golpe asestado a estas comunidades.

 

Al final de la novela, la "vuelta" a lo natural y a lo primitivo de Marcos Vargas ha defraudado las expectativas que la novela misma fue construyendo a lo largo de los doce primeros capítulos: hacer de él el héroe civilizador alternativo a la historia de la región (empresario nacional y nacionalista surgido de las clases populares de las ciudades de la región). Marcos Vargas vive, y hasta protagoniza con su enfrentamiento al cacique José Francisco Ardavín, una coyuntura histórica en Guayana en la que el viejo orden se va derrumbando y se dan las condiciones para modernizar, desarrollar la región de una manera alternativa a su historia reciente. No obstante, sistemáticamente Marcos Vargas rehúsa aprovechar las oportunidades que se le van apareciendo en el camino y, como todos los otros personajes de su generación en la novela, se dejan arrastrar por sus debilidades y frustran una oportunidad histórica. Al final de la novela, Guayana ya no es sólo la inconclusa sino la frustrada, la que pudo cambiar pero que, en cambio, es ahora aún más pobre y miserable que cuando empezó la novela: los recursos naturales agotados, la actividad económica mínima. La vida de Marcos Vargas ha tomado un camino que, a pesar de todo el poder de las licencias poéticas, los afanes desarrollistas del narrador no ha podido evitar. Lo único que nos ofrece la novela para finalizar es renovar la esperanza en otra figura mesiánica: el hijo de Marcos Vargas con la india Aymara, llamado también Marcos Vargas, pero para ello es necesario enviarlo a educarse a la ciudad ¿con la esperanza de que a largo plazo se repita el ciclo de Santos Luzardo, de Doña Bárbara, en lugar de la educación desperdiciada por su propio padre?

 

Hay un giro en el primitivismo de Marcos Vargas de enorme interés para el debate contemporáneo en torno a la noción de desarrollo y a la historia de políticas desarrollistas pero que, sin embargo, ni siquiera es primitivista o, para ser percibido, hay que leer a Marcos Vargas con otro discurso que el de la civilización y lo primitivo del narrador. Ya he observado que Marcos Vargas no sólo abandona la oportunidad de una movilización social y de progreso personal, sino también la oportunidad de contribuir a una verdadera civilización, modernización de la región de Guayana que estaría a la espera de que la colonización sea concluida. He observado también que Marcos Vargas no regresa a la selva para vivir en ella la vida del pionero de Quiroga, o la de vecino de la Santa Mónica de los Venados de Los pasos perdidos, ni la transculturación a la vida de los indígenas como Mascarita de El hablador. Pero lo que no he mencionado aún es que el regreso a la selva de Marcos Vargas no es sólo para vivir con los indígenas y cultivar sus experiencias de lo natural, sino que regresa también para vivir la vida brava de los aventureros y desterrados de la selva, la vida del Hombre Macho, la violencia y la barbarie que sus mentores tanto desaprobaban y que supuestamente él iba a contribuir significativamente a cambiar.

 

La inmersión de Marcos Vargas en la selva, a pesar de implicar un cambio del espacio urbano de la ciudad de provincia a las profundidades de la selva, es el resultado de la influencia de su medio ambiente en lugar de una desvinculación de éste. Al final de cuentas, las promesas y oportunidades de desarrollo personal o social que le llueven desde la aristocracia de Guayana, sin otra justificación que la impresión que Marcos dejaba en las personas, no son más fuertes que los valores que Marcos ha asimilado y cultivado en los muelles, casas comerciales y bares de Ciudad Bolívar. Haber tomado las oportunidades para convertirse en un empresario nacional y nacionalista, de casarse con la hija de un empresario extranjero radicado en Guayana y asumir una plácida vida burguesa hubiera sido la novedad y la transgresión en su vida. Marcos Vargas no logra salir, ni al final de cuentas lo desea, de la sub-cultura de aquellos encadenados a las economías extractivas la selva con la motivación de hacer una fortuna rápida.

 

Pero en Marcos Vargas, la vida del cauchero no es una caída en la barbarie. La vida de aventura del cauchero es, a la larga, una respuesta también moderna tanto al estado de cosas en Guayana como a las alternativas desarrollistas para las cuales el narrador de Canaima quisiera reclutar a Marcos Vargas. La opción de Marcos Vargas se origina en una desilusión con las "mentiras" de la civilización, en un rechazo a la vida burguesa y sus convenciones pero, especialmente, en su apasionada defensa de su independencia y autodeterminación. También en la búsqueda de una experiencia que vaya más allá de lo racional o de lo natural pero tal como es definido por la ciencia. Para Marcos Vargas la experiencia de lo natural es, paradójicamente, una experiencia de lo sobrenatural. En combinación con el riesgo y el azar, así como con la marginalización de desterrados y renegados, proporciona una perspectiva de la realidad que ya había nutrido los cuentos "misioneros" de Horacio Quiroga. Incluso a las orillas del río Guarampín, Marcos Vargas conoce al misterioso conde Giaffaro que ya apenas si puede hablar de una forma que nos recuerda a la poesía de vanguardia: "ya aquel espíritu había perdido el hábito del pensamiento discursivo, adquiriendo en cambio el de la sumersión en las intuiciones integrales, que no podían ser expresadas sino, cuando más, como lo hacía el indio, con una sola palabra entre silencios que la envuelven en un halo de significaciones simplemente sugeridas". En la novela Canaima, el nombre de la divinidad de las fuerzas malignas, cifra la inexplicable atracción de Marcos Vargas por un estilo de vida que tiene mucho de primitivismo pero también de barbarie. No obstante, la deserción de Marcos Vargas de las fuerzas del desarrollismo tiene todo que ver con la subjetividad de un sujeto moderno y nada con una fatalista caída en la barbarie. Más aún, algunos aspectos de las condiciones que hacen posible la respuesta de Marcos Vargas al desarrollismo y algunas peculiaridades mismas de esta respuesta se parecen demasiado a las que hoy en día llamamos el post-desarrollo.

 

No trato de argumentar, por cierto, que Caniama o Marcos Vargas son precursores del post-desarrollo aún antes de haberse inventado la palabra (aunque las ideologías que el desarrollismo articula ya eran familiares). Pero sí creo que tanto la novela como el personaje sirven para llamar la atención sobre el hecho de que a la crítica contemporánea al desarrollismo no le subyace necesariamente una posición anti-moderna o, dicho de otra manera, que este es un anti-modernismo de raíces modernas. Entre las condiciones que Arturo Escobar considera como factores desencadenantes de posiciones anti-desarrollistas algunas son apropiadas también para describir las del propio Marcos Vargas en Canaima: pérdida de confianza en los procesos políticos, descomposición social y violencia, migración de poblaciones y sus consequencias en la transformación de identidades, el carácter marginalizador de los procesos de desarrollo. Al final de cuentas, la opción de Marcos Vargas es un rechazo total a la supuesta necesidad "natural" de desarrollarse, que el narrador no puede entender y que tiene que atribuir a una fuerza extraña y exterior al desarrollo: Canaima. Buscándole alternativas a una modernización que universaliza el modelo europeo, Marcos Vargas no tiene ningún reparo en experimentar con otras formas sociales y admira a Juan Solito, el cazador de tigres que libera a los latifundios de estas amenazas sólo para devolver a la tierra el oro con el que es pagado, no sólo por su sabiduría indígena sino por la habilidad de éste para entrar y salir de una cultura a otra. En esta misma línea, Marcos Vargas pone en evidencia el carácter neo-colonial aún de aquellos empresarios extranjeros que se identifican con los criollos. Las limitaciones mismas de Marcos Vargas abren una ventana para el cambio de epistemología que hoy en día nos permite reconocer nuevos movimientos sociales: el mesianismo indigenista iluso de Vargas, después de haber dejado pasar la oportunidad de ser el mesías desarrollista de Guayana, nos obliga desconfianzar de estos mesianismos y de otras promesas de grandes transformaciones estructurales, pero nos obliga también, a menos que estemos dispuestos a aceptar que no hay alternativas, a afirmar la necesidad de radicalizar la participación democrática aún para aquellos que, como los indios de Marcos Vargas, son incapaces de sacudirse de una vez por todas de sus explotadores.