Julio Sosa
El Varón del Tango
         En orden cronológico, la última gran voz que produjeron los prolíficos años de 1940 fue la de Julio Sosa. Aunque nació el mismo año que Roberto Goyeneche (1926), Sosa alcanzó la cosagración antes que "El Polaco" y puede ser considerado como uno de los estupendos artistas que cerraron esta história generación.

    Julio Sosa, también conocido como "El varón del tango", nació en la ciudad uruguaya de Las Piedras el 2 de febrero del citado año. Su familia era muy humilde condición económica, y debío trabaja desde niño en diversos oficios. Comenzó su carrera en cafés de su ciudad natal, donde además cantó con la orquestra de Carlos Gilardoni. Posteriormente actuó en Montevideo y Punta del Este, sucesivamente con las agrupaciones de Epifanio Cháin, Hugh Di Carlo y Luis Caruso.

     En 1949 comenzó a trabajar en Buenos Aires: primero en el café Los Andes, del barrio de La Chacarita, y posteriormente con la orquestra de Joaquín Do Reyes y con la conjunto Francini-Pontier. La orquestra ya contaba con un magnífico antor, Alberto Podestá, con quien grabó por primera vez. Ese debut fonográfico fue con el vas El hijo triste.

    En 1953 se intrgró en la agrupación de Francisco Rotundo, y en 1955 se transformó en solista. Leopoldo Federico fue el director, arreglador y primer bandoneón del conjunto que lo acompañó musicalmente desde entonces.

     Sosa actuó en radio, televisíon y en la película Buenas Noches, Buenos Aires. Además, escribió el libro de poemas Dos horas antes del alba. Título más que premonitorio, dado que fue ya avanzada la madrugada del 26 de noviembre de 1964 cuando fallecío, al estrellarse contra una semáfora de la avenida Figeroa Alcorta el automóvil que conducía. Entonces ya era el máximo ídolo de la música rioplatense. Su sepelio, según afirman quienes estuvieron en los dos, reunió tanta gente dolorida como el de Carlos Gardel.

     A juicio de Salas: "Sosa encarnó, antes del renacimineto tanguero de fines de los sesenta protagoizado por Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche y Astor Piazzolla, un adelanto de lo que habría de ocurrir en los años siguientes. El público seguía en busca de una voz diferente y se encandiló con el acento recio de un cantor que sabía adecuarse a los versos dramáticos como a los humorísticos. Sosa significaba el escate de los viejos valores varoniles del tango, del personaje que sufre sin quejas aunque el saldo resulte defavorable."


 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ferrer, por su parte, estima que Sosa cultivio de un estilo caracterizado por su fuerte tempermento dentro de la tesitura de voces graves iniciada e impuesta por Edmundo Rivero, y recuerda que su repertorio se integró con obras clásicas de inspiración arrabalera, como Ivette, Que me quiten lo bailao, Margot y Araca corazón (hay que agregar a éstas una muy particular y antológica versión de La cumparsita, El ciruja, Por seguidora y por fiel, Tiempos viejos y El firulete), aunque a criterio del mismo Ferrer "sus mejores aciertos interpretativos las alcanzó con los tnagos románticos y melódicos, como Si no me engaña el corazón, Nada, Qué solo estoy, Yo soy aquel muchacho, La casita de mis viejos, En esta tarde gris, Mañana iré temprano, Madame Ivonne, muchos de los cuales exhumó para volverlos al primer plano del interés público." A esta última lista también habría que añadir El último café y Eras como la flor, temas que se transformaron al igual impactantes éxitos de Sosa.

     Salas, al igual que en el caso de Alberto Castillo, formula una valoración sociológica y política de la carrera de "El Varón del tango": "En el aspecto político, así como Castillo había sido el cantor emblemático del peronismo en el poder, Julio Sosa fue el aquetipo de dicho movimiento durante la proscripción. Aunque su ideología no era explícita: se traducía en gestos, en guiños, en complicidades silenciosas. Le bastaba por ejemplo con levantar los brazos e imitar la sonrisa del caudillo exiliado en el momento que entonaba un viejo teme de Enrique Cadícamo: al mundo le falta un tonillo/¡va a haber que llamar un mecánico,/para ver si lo puede arreglar! para que el público estallara en aplausos. Había un acuerdo tácito entre cantor y seguidores y ese entendimiento fue el que provocó que una multitid, con pancartas y cantos partidarios, acompañara al cemetario de La Chacarita."

     El mismo Salas hace una valoración artística, con connotaciones sociológicas, del cantor: "No era excesivamente afinado, y las orquestaciones de Leopoldo Federico estaban destinadas a su exclusivo lucimiento. Pero Sosa no necesitaba más. Habiá exhumado viejos tangos de los viente, se habiá atrevido a cantas las melodías de Gardel y dosificaba sus entregas con algunas creaciones de la generación del cuarenta. Sus seguidores buscaban una viz y un tango que no pretendiera moverse de los cánones clásicos. Sosa cumplió brindando un estilo sin complicaciones formales. La temática se adecuaba a la melancolía, al concepto del honor y de la virilidad de los antiguos hombres del suburbio. En ese sentido Sosa fue el último cantor al viejo estilo. Con su muerte, en forma rezagada, también cerraba una época."
 


 
 
 
de: Sentir El Tango,  vol. 70.  por Ediciones Altaya, S.A. Moreno 3362, 1209 Buenos Aires, Argentina.

 
 
 
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